Gracias Fidel !

Fidel en la obsesión
ANDRES REYNALDO

La generación de Fidel ha vivido obsesionada con Fidel. Mientras más cerca de Fidel, mayor la obsesión con Fidel. Como toda obsesión clínicamente certificada, la obsesión con Fidel tiene dos polos: los que aman a Fidel y los que odian a Fidel. Con la clásica dinámica transferente que impone, sobre aquellos que le odian, las servidumbres de aquellos que le aman. Y viceversa.

Técnicamente, debo situarme en el pabellón de los que odian a Fidel. A fin de cuentas, me fui de Cuba (y no he vuelto) porque no soporto a Fidel. Sin embargo, para la gente de mi generación, la obsesión con Fidel permite, al menos, no tomarse tan en serio a Fidel. Porque Fidel, en el fondo, es un escandaloso fraude, por doquiera que se le mire. Es curioso que muchos enemigos jurados de Fidel se molesten si uno les rebaja la estatura del personaje. Lo entiendo. A partir de 1959, Fidel nos tomó el pelo a todos, o a casi todos. Sólo que entonces yo tenía seis años.

Aun así, la obsesión con Fidel me ha devorado en dos importantes períodos de mi vida. Los últimos seis meses de 1978, cuando Fidel disfrutaba la apoteosis de un annus mirabilis y estos nueve meses transcurridos desde que Fidel entró en su annus terribilis, o anus terribilis.

La primera fase obsesiva se me desató tras la fiesta de clausura del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en el Parque Lenin. Por esas fechas, el reloj de mi razón marcaba las 11:59 p.m. de mi devoción al castrismo. En unos segundos, la revolución se convertiría en calabaza y Fidel en ratoncito. Puesto que el destino tiene su estricta coreografía, el mismo Fidel vino a sentarse a nuestra mesa. En el fulminante lapso de 10 minutos le quitó la palabra de la boca a cada uno de los comensales y humilló a uno de sus escoltas con un ademán despótico. Aquel no era un padre de la patria sino el malhumorado portero de un cabaret de mala muerte.

No puedo decir que me decepcioné, porque ya estaba decepcionado. Pero quedé sobrecogido por su abrumadora vulgaridad. Las uñas largas y sucias. Demasiado largas y demasiado sucias para un cubano. La grosera movilización del torso para enfatizar sus palabras. El desconsiderado recurso de hacer una pausa en medio de la frase, como si el silencio pudiera darle peso a su argumento. Las botas, ay, las botas, con dos pulgadas de tacón y una pulgada de suela. Y la barba rala y grasienta. Una barba que un hombre en sus cabales no se dejaría crecer, a fin de evitar las bromas. ¿Pero quién le hace una broma a Fidel? Porque Fidel rezumaba una radical negación de los demás, que es la característica básica de los asesinos.

¿De qué podía estar hecha la nación que sucumbía ante aquel abusivo payaso? Por año y medio, hasta que salí de Cuba en 1980, me dediqué a estudiar a Fidel. Sus discursos. Sus anécdotas. Su iconografía. Y a medida que buscaba su rostro se me revelaban sus imposturas. ¡Cuántas cosas en Fidel que no son de Fidel! Fidel como un remedo de Chibás. Como un remedo de Díaz-Balart. Como un remedo de Pardo Llada. De Conte Agüero. De Batista. (A Batista lo saqueó a las dos manos). De Lázaro Cárdenas. De Mussolini. De Franco. Muéstrenme una idea de Fidel que brille por su originalidad, una obra que resista el tiempo, una iniciativa que trascienda su provinciano y aparatoso ego.

Si ayer la obsesión con Fidel me dejaba en vela, ahora recrea mi ocio. La saga de su tracto intestinal, con apariciones estelares de Hugo Chávez y Gabriel García Márquez, ha hilvanado el tácito libreto de un vengativo sainete. Fidel se desinfla en vivo y a todo color, víctima de su propia propaganda. Hoy lo vemos hacer la gallinita. Y luego nos cuenta que tiene un teléfono blanco, por el cual hace “un número de llamadas”.

Pero la joya de su decrepitud son sus artículos. Exhorto a los lectores a correr a la página virtual de Granma (que la patria os contempla orgullosa), antes de que a alguien se le ocurra cobrarnos por la diversión. En esas tituladas ”reflexiones” Fidel destila los residuos de su personalidad. Las profesiones priman en la locura. Cuando los boxeadores pierden la cabeza, deliran sobre un triunfal cuadrilátero. Los cirujanos operan en su imaginario quirófano y los generales recuperan la gloria de perdidas batallas. En su limbo secreto y refrigerado, Fidel va soltando los tornillos de una macabra y múltiple banalidad.

Con licencia médica para desasirse de los marcos de su frágil circunstancia, ya no gobierna Cuba. De momento, sus directivas enmiendan el descarriado curso de Brasil y apuntan a destruir la conjura global del etanol. Que si la caña transgénica de Mato Grosso. Que si aumentaron los paros cardíacos en Sao Paulo. Mañana, quizás, reformará el sistema bancario de Tailandia o decretará la reforestación de Siberia. A veces, en medio de una jerigonza de cifras, consignas y perogrulladas, Fidel se pone íntimo y nos confiesa que hace treinta años era más joven y que su papá tenía una finca muy bonita en Oriente. Es ahí donde la risa me hace saltar las lágrimas. Me importa tres pitos parecer mezquino ante la enajenación de un hombre tan esencialmente maligno, pero esto es un regalo que nos merecíamos los cubanos. Un acto de inesperada justicia poética. Gracias, Fidel.

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